Fuente: elaboración propia
Cuando era chico no entendía qué me gustaba tanto de la cordillera patagónica. Había pasado todos los veranos de mi corta vida (hasta ese momento) caminando por bosques y a la vera de ríos y lagos, pero había algo más que eso. En la feria de artesanos de El Bolsón algunos puestos ofrecían semillas y bulbos de plantas exóticas las cuales venían muy bien en esas latitudes. Es así como empecé a cultivar tulipanes en mi casa de Buenos Aires. Los dejaba unos meses en la heladera, en el cajón de las verduras, hasta que llegara el invierno, momento en el cual plantaba esos sufridos bulbos que a duras penas daban una flor al ras del suelo. Los tulipanes claramente no fueron un éxito, pero fueron suficientes para despertar una fascinación perpetua por la vida de las plantas. Fue así que comencé a pedirle a mi madre que me comprara semillas. Las de plantas con flores ornamentales eran mis preferidas y con el tiempo fui plantando, alhelíes, conejitos y petunias. Todas esas eran muy fugaces, duraban una temporada o dos y generalmente terminaban secándose sin dar semillas. Así y todo, nada de eso apagó el interés.
En los viajes siguientes a la Patagonia comencé a ver las cosas de otra manera y entendí qué era lo que hacía que me gustara tanto la codillera patagónica. Además de maravillarme con las huertas exuberantes en los invernaderos, empecé a darme cuenta que más me maravillaban los dramáticos cipreses que tapizaban las laderas de las montañas en el paraje Los Repollos. Me llamaban la atención los troncos fríos de los arrayanes, las aromáticas hojas de las siete camisas, el desvergonzado tinte del fruto del calafate al apretarlo entre mis dedos, la nobleza de los coihues a la vera del río, la constancia del amancay que prospera luego de los incendios, la delicada belleza de las mutisias, la timidez de las flores del chilco siempre cabeza abajo; en fin, todo era motivo de asombro y de curiosidad. Luego fueron llegando libros para saciar mi interés. Recuerdo los libros de proyecto Lemu, una organización ecológica bastante radical, los cuales me fueron introduciendo en las problemáticas ambientales actuales de esa región, así como en la dimensión cultural de los bosques, estrechamente ligada a la cosmovisión de los pueblos originarios locales. Mucha más fue mi fascinación cuando comencé a introducirme en la cuestión biogeográfica y evolutiva de estos bosques.
Para quienes no lo sepan, los bosques de los Andes Patagónicos son únicos en el mundo. En términos biogeográficos, pertenecen a la Ecorregión del Bosque Patagónico dentro de lo que se denomina el Reino Neotropical (Burkart et al. 1999). Esta ecorregión cuenta con un alto grado de endemismos y con géneros compartidos con la flora de regiones tan distantes como Australia, Nueva Zelanda y Nueva Caledonia, y algunas más cercanas como los bosques de la sierra de Santa Catarina y Rio Grande do Sul, en Brasil. Esta peculiar distribución de géneros está relacionada con fenómenos ligados a la tectónica de placas y a los cambios climáticos que han sucedido en los últimos millones de años. Por ejemplo, la existencia de géneros como Araucaria o Nothofagus en Sudamérica y Oceanía se debe a que en algún momento estos continentes estuvieron unidos en un supercontinente (junto con Antártida, India y África) en lo que se llamó Gondwana. Esto se ha podido comprobar gracias al estudio del registro fósil de la paleoflora de esas regiones. Además, la presencia de estas especies ha llevado a botánicos a considerar la existencia de un reino florístico antártico.
Luego de la separación de Gondwana, durante los millones de años en que Sudamérica estuvo aislada y en los que siguieron a su unión con el resto de América, se dieron condiciones climáticas que, en un principio, permitieron el intercambio de flora entre distintas ecorregiones y, más adelante, aislaron a los bosques patagónicos, manteniendo así gran parte de su flora original.
Según un interesante estudio de Villagrán e Hinojosa (1997), existieron varios momentos clave a partir de los cuales se fue conformando el elenco de especies que componen la flora actual de los bosques patagónicos.
Durante el Eoceno (56 a 34 millones de años antes del presente), el clima de la región era cálido y húmedo, ya que el cinturón de climas tropicales llegaba aproximadamente hasta los 40° de latitud sur. Esto sentó las bases para un profundo intercambio de floras de distintos orígenes: la flora australasiana, que estaba restringida al extremo sur del continente, y la flora neotropical, que tiene su origen en la propia Sudamérica. Algunos géneros importantes que comienzan a dispersarse en esa época por el sur del continente y que hoy en día son parte de la flora patagónica son Azara, Gaultheria y Podocarpus.
El Oligoceno (34 a 23 millones de años antes del presente) fue un período caracterizado por el descenso de las temperaturas y por el inicio de la formación del hielo antártico. Esta situación marcó el comienzo del retroceso de la flora tropical y provocó la extinción de muchas especies. Es también el momento de expansión de los géneros Nothofagus y Austrocedrus.
Luego, en el Mioceno (23 a 5,3 millones de años), se alternaron períodos fríos y cálidos durante los cuales se mantuvo una continuidad de los bosques subtropicales en la región. La conexión entre los bosques de las Yungas, el sur de Brasil y la Patagonia se volvió más estrecha. En este período se dispersaron géneros como Araucaria, Myrceugenia, Escallonia, Blepharocalyx y Drimys.
El Plioceno fue un momento de gran importancia, ya que en él comenzó a formarse la Diagonal Árida Sudamericana. El levantamiento final de la cordillera de los Andes generó un efecto de sombra orográfica sobre la Patagonia oriental, e intensificó la corriente de Humboldt, lo que causó aridez en el centro y norte de lo que hoy es Chile. Como consecuencia, los bosques australes quedaron aislados, se produjo la extinción local de muchos géneros y se consolidaron numerosos endemismos, una de las características distintivas de la flora local.
La era actual, el Cuaternario, encontró a estos bosques enfrentando fases frías y templadas, con la Diagonal Árida ya bien asentada. Esto perpetuó el aislamiento y favoreció un proceso de especialización ecológica y la creación de nuevos endemismos, debido a la fragmentación de los bosques causada por las oscilaciones climáticas.
Sin embargo, este proceso natural se vio alterado por la llegada del ser humano, especialmente tras la colonización europea. La transformación del ambiente durante la era poscolonial derivó en mayor fragmentación, extinciones locales y la introducción de especies exóticas que modificaron las comunidades vegetales y aumentaron el riesgo de incendios.
Mención aparte merece el cambio climático antrópico, gracias al cual han aumentado las temperaturas medias y una disminución de las precipitaciones en la región.
Esta larga historia de avances, retrocesos y, sobre todo, de conexión con otras regiones, explica por qué hoy en día encontramos géneros compartidos con áreas como la Mata Atlántica del sur de Brasil y las islas del río Paraná. En la Mata Atlántica —puntualmente en los bosques ubicados en las zonas más altas— es donde se registra la mayor cantidad de géneros compartidos. Araucaria, Drimys (canelos), Fuchsia (aljabas, chilcos), Escallonia (siete camisas), Azara (chin-chin), Podocarpus (mañío), Maytenus (maitén), Blepharocalyx (luma) y Myrceugenia (luma blanca) son solo algunos de los géneros que se encuentran en ambas regiones, incluso en algunos casos formando comunidades muy similares.
Conocer la singularidad de estos bosques así como la particular distribución de sus géneros que prosperaron en lugares tan lejanos solo hizo que mi interés por ellos fuera cada vez mayor. Luego, con los años, fui interesándome mucho en la flora nativa en general y comencé a cultivar (y a cultivarme sobre) plantas nativas de Buenos Aires. Durante muchos años reproduje plantas nativas que en ocasiones vendí y en otras doné y en otras planté en jardines por los que pasé. Recorrí muchos lugares de Buenos Aires y alrededores en busca de semillas hasta que llegué a la, en ese entonces, reserva de Otamendi. En Otamendi vi por primera vez un calafate nativo (Berberis ruscifolia) crecer silvestre en una de las laderas soleadas de la barranca del Paraná. Ahí algo hizo clic y me trasportó directamente a los bosques patagónicos y a los matorrales de las zonas de transición con la estepa. Por fin había una conexión entre dos lugares que tanto significaban para mí. Con el tiempo, si bien nunca fue una búsqueda única, fui intentando encontrar y aprender más sobre aquellos géneros que comparten los talares, el monte blanco y el pastizal pampeano (las tres ecorregiones que confluyen en Buenos Aires y alrededores) con los bosques patagónicos. Hace no mucho tiempo se me ocurrió hacer un inventario para algún día, si tengo la oportunidad, hacer un jardín con esos géneros al cual llamaré de acá en más "Jardín Patagónico Subtropical". Si esa oportunidad no aparece, prefiero que esta idea esté publicada para que alguien, en algún futuro (si es que no se extinguen primero estas especies) la pueda replicar. Tener ideas extravagantes y que no generan dinero es difícil en un sistema sostenido por la existencia de la propiedad privada y la explotación laboral, más cuando uno tiene el sueldo de un docente, como yo. Mas allá de esto, ojalá algún día pueda encontrar un intersticio para poder ejecutar este proyecto.
Un Jardín Patagónico Subtropical consiste básicamente en un conjunto de especies pertenecientes a géneros compartidos entre la ecorregión de los bosques patagónicos y las ecorregiones que comparten más géneros con la misma. En este caso, como mi lugar es Buenos Aires cuento con las especies del pastizal pampeano, espinal y delta e islas del Paraná. Sin embargo, al ser subtropical también podríamos tomarnos algunas licencias e incorporar especies de otras ecorregiones como las yungas y los bosques de altura de la mata atlántica del sur de Brasil, pero esto solo lo dejaré como una alternativa para aquellos aventureros que se quieran arriesgar a ir a buscar semillas a esas latitudes. Recordemos que todas estas ecorregiones comparten géneros con los bosques patagónicos, a continuación, vamos a repasar algunos de estos y sus potenciales paisajísticos.
FUCHSIAS
Fuchsia magellanica / Photo 299528748, (c) Mike Wood, 2018, Inaturalist (https://www.argentinat.org/photos/299528748) some rights reserved (CC BY-NC)
Fuchsia magellanica / Photo 475413992, (c) eneko_barriola, 2025, Inaturalist (https://www.argentinat.org/photos/475413992) some rights reserved (CC BY-NC)
En el cono sur, las Fuchsias existen en el bosque patagónico, en las yungas y en las sierras del sur de Brasil. Es un género bastante extendido en Sudamérica y en Oceanía por lo que suele ser relacionado con la flora antártica o gondwánica. En la región de Buenos Aires se suelen vender, lo que asumo son híbridos entre especies de climas fríos con las de climas más templados-subtropicales. Estas variedades se desarrollan con gran éxito aunque a veces suelen ser afectadas por plagas y enfermedades. Una de las características más interesantes es que las especies de la Patagonia y las de Brasil no tienen grandes diferencias morfológicas, lo que sugiere que el fenotipo no cambió mucho a pesar de la especiación. Todas las especies del cono sur están adaptadas a la polinización por parte de los colibríes y además sus frutos son comestibles. Aunque es más difícil de conseguir, la especie Fuchsia boliviana (la de las yungas) puede ser interesante incorporarla ya que las condiciones de Buenos Aires son más favorables para la planta, la cual en su hábitat natural se encuentra en los estratos medios de la selva tucumana en donde las temperaturas suelen ser más suaves aunque requieren de mucha humedad. Lo que la volvería menos atractiva para un jardín patagónico subtropical es que es la más diferente en cuanto a la forma de las hojas y flores. Por lo tanto sería más deseable incorporar los híbridos de vivero que son más parecidos al Chilco nativo de los bosques andino-patagónicos. Crece muy bien en cercos y como apoyante aunque también se puede utilizar como arbusto aislado. De todas maneras es una planta muy interesante ya que la fauna local interactúa con ella y además podemos consumir sus frutos.
ALSTROEMERIAS - AMANCAY
Photo 482256849, Luis Capeletti, 2025, Inaturalist (https://www.argentinat.org/photos/482256849) no rights reserved - Photo 482256881, Luis Capeletti, 2025, Inaturalist (https://www.argentinat.org/photos/482256849) no rights reserved.
Alstroemeria es un género exclusivamente neotropical, es decir que se distribuye desde Centroamérica y el Caribe hasta el extremo sur de Sudamérica. En los bosques patagónicos prosperan en claros y lugares luminosos. Son muy resistentes a los incendios, siendo algunas de las primeras hierbas en brotar luego de los mismos. Los rizomas y sus raíces tuberosas ayudan mucho a su dispersión, así como a su conservación a lo largo del tiempo. En los bosques patagónicos el amancay (Alstroemeria aurea) es la especie principal, la misma se encuentra en los bosques ubicados más al norte de la región. Es un símbolo de los bosques patagónicos debido a su color vivaz y su alta densidad en algunas zonas. Además, es vital para la preservación de su principal polinizador, el mangangá del sur (Bombus dahlbomii). En la región rioplatense no existen especies nativas de Alstroemerias, sin embargo, existe una especie nativa del litoral argentino la cual se ha vuelto subespontánea en las áreas urbanas de la región pampeana, esta es Alstroemeria psitaccina. La A. psitaccina es una especie que se caracteriza por su belleza como así también por ser una hierba invasora en algunas regiones del mundo. Su capacidad para dispersarse rápidamente tiene que ver con el crecimiento de sus rizomas y la alta viabilidad de sus semillas, por lo tanto, es una especie para observar con atención en el jardín y, en lo posible, no dejar que cumpla su ciclo de fructificación una vez secas las flores. Fuera de esto es interesante para incorporar en un jardín patagónico subtropical debido a su parentesco con el amancay. No solamente otorgará belleza a sectores de semisombra (prefiere estar debajo de los árboles o en lo bordes de la vegetación) si no que también atraerá a unos polinizadores junto con los cuales ha evolucionado, los colibríes.
CALAFATE - ESPINA AMARILLA
Berberis empetrifolia / fuente: Photo 457340853, (c) Martin Juarez, 2024, Inaturalist (https://www.argentinat.org/photos/457340853), some rights reserved (CC BY-NC)
Berberis ruscifolia / fuente: Foto 49611139, (c) RAP, algunos derechos reservados (CC BY), subido por RAP
Enterarse que también hay calafates en la provincia de Buenos Aires a veces puede asombrar al recién interesado por la flora nativa de la Argentina. Sin embargo, el género Berberis está presente en todo el país, desde las yungas y la puna hasta incluso en la selva misionera donde encontramos especies como Berberis laurina. Es en la Patagonia donde están las especies más carismáticas del género. Esto se debe al valor cultural de especies como el calafate (Berberis microphylla) y el michay (Berberis darwinii) ambas especies comestibles y con fuere arraigo en la mitología de la región. Aparte del valor de sus usos culinarios, los Berberis son plantas especialmente ornamentales; sus profusas flores amarillas, sus frutos de color violeta intenso y sus hojas brillantes y de formas vistosas aportan a ese valor. En Buenos Aires tenemos una especie muy interesante que es más conspicua en el centro de la Argentina, el Berberis ruscifolia. Su nombre se debe a la forma de sus hojas mucronadas (terminadas en un mucrón, algo parecido a una punta espinosa) terminadas en tres puntas espinosas. Algo interesante de esta especie es la época de su floración, la cual se da a fines del invierno desde el mes de agosto. Los frutos tardan en madurar y se encuentran en su esplendor de madurez en diciembre aproximadamente; de color violeta oscuro recuerdan a los calafates del sur. Sus hojas son más bien parecidas a las del michay. Esta especie sirve tanto para colocar a media sombra, debajo de árboles de follaje no muy frondoso que deje pasar la luz, así como al pleno sol. El crecimiento es lento, he llegado a ver ejemplares que a pleno sol se desarrollan como pequeños arbustos de no más de 1 metro de altura mientras que a media sombra puede pasar los dos metros.
MUTISIA
Reina mora / Fuente propia
Mutisia coccinea / Fuente propia
El género Mutisia tal vez sea otro que sorprenda escuchar como parte de la flora de la provincia de Buenos Aires. Las mutisias son plantas de la familia de las compuestas (margaritas) generalmente enredaderas, que evolucionaron en la zona andina y que con el tiempo fueron especiandose de maneras muy particulares con distribuciones muy puntuales al punto que existen especies endémicas de ciertos valles como ocurre en la provincia de Córdoba. En la patagonia tenemos dos especies tan comunes que se han unas de las flores más emblemáticas de la región, estas son la reina mora (Mutisia spinosa) y la más imporante la mutisia a secas (Mutisia decurrens). Ambas se caracterizan por la elegancia y tamaño de sus flora así como por el color de los pétalos, en la reina mora estos son blancos con tonalidad violácea y en la mutisia son de color naranja intenso. Otra particularidad de estas plantas y que caracteriza al género, es que de las puntas de sus hojas salen zarcillos los cuales son estructuras que se enrollan en ramas y cualquier otra superficie que lo permita, que ayudan a la planta a trepar. Esto quiere decir que los tallos de las mutisias no son volubles, no se “enredan” solos. En el noreste del país existe una sola especie de Mutisia la cual es rara de encontrar aunque no por ello menos interesante. La Mutisia coccinea es una enredadera de flores rojas lo que la hace especialmente interesante para su uso ornamental. Prefiere suelos alcalinos y crecer en media sombra entre árboles de follaje no muy denso como molles o talas. En la provincia de Buenos Aires se la encuentra principalmente desde los bosques secos de las barrancas del Paraná hasta los bosques de albardón de conchilla de Magdalena donde hay una población importante aunque muy restringida espacialmente. Es esta escasez la que la hace difícil de conseguir y además, impone un problema ético a la recolección de sus semillas en zonas donde es extremadamente rara. En mi experiencia, tuve la posibilidad de cultivar esta valiosa especie. Si bien las semillas tienen buen porcentaje de germinación, los plantines son muy susceptibles a cualquier indicador del suelo fuera de los parámetros de su hábitat, esto puede llevar a una mortalidad alta de los plantines. Esta es una de las razones por la cual su cultivo no está extendido entre entusiastas de las plantas nativas. La solución podría ser incentivar el contacto entre colegas para poder intercambiar semillas sin ir a recolectar al campo y seleccionar aquellos plantines que prosperen.
COLLETIA
Colletia hystrix / fuente: Photo 350332809, (c) Lio Torrez, 2024, Inaturalist (https://www.argentinat.org/photos/350332809) some rights reserved (CC BY)
Colletia hystrix / fuente: Photo 268907499, (c) Lauu, 2023, Inaturalist (https://www.argentinat.org/photos/268907499) some rights reserved (CC BY)
Colletia spinosissima / fuente: Foto 166178680, (c) Martin Arregui, algunos derechos reservados (CC BY-NC), subido por Martin Arregui
El yaqui (Colletia hystrix) es una de esas especies que, en un primer momento, puede generar cierto rechazo; es un arbusto por demás espinoso, sin hojas (son pequeñas y se caen rápido) y más que por su color verde vibrante no ofrece mucho atractivo y a eso se le suma el miedo que generan sus espinas. Sin embargo, este arbusto esconde un tesoro que comienza en la primavera y se puede extender al verano, su intensa floración. Como pequeñas perlas custodiadas por amenazantes espinas, las flores cubren por completo el arbusto y perfuman sus alrededores ofreciendo un espectáculo sobrecogedor. Esta especie está presente en toda la Patagonia continental. Por su lado, en Buenos Aires y en todo el centro y norte del país existe una especie casi idéntica a ésta, la barba de tigre (Colletia spinosissima). Haciéndole honor a su epíteto específico, este arbusto posee miles de espinas las cuales son tiernas cuando el brote es jóven y duras cuando el mismo es del año anterior. Las flores adornan por igual y son muy aromáticas además de atraer una gran cantidad de polinizadores. Este arbusto puede servir como un cerco que cumple doble función, protección y ornamento, sin embargo, puede ponerse aislado a pleno sol para disfrutar su floración primaveral. Puede crecer también bajo árboles de follaje no muy denso, pero en estas circunstancias su crecimiento tenderá a ser más en altura pudiendo no generar una floración muy profusa además.
SIETE CAMISAS / ESCALONIA
Escallonia virgata / fuente propia
Escallonia megapotamica / Foto 27231449, (c) aacocucci, algunos derechos reservados (CC BY), subido por aacocucci
Las escalonias son plantas muy comunes en la patagonia. Existen varias especies allí. Quizás la más llamativa sea la siete camisas (Escallonia rubra). Esta especie tiene varias particularidades que la convierten en una gran representante de su género, sus flores rosadas (algo raro dentro de las escalonias) y sus hojas aromáticas de olor difícil de describir (cercano al de una rosa muy aromática) pero extremadamente agradable. Otras especies que se pueden encontrar en la patagonia son, Escallonia virgata, de hojas no aromáticas y flores blancas muy abundantes, bastante común en el norte de la región y Escallonia alpina, más común en zonas altas y con flores parecidas a la Escallonia rubra pero más blanquecinas. Es interesante tener en cuenta que las especies de Escallonia se encuentran en el cono sur distribuidas entre la Patagonia y la selva atlántica-paranaense. Por lo tanto podríamos decir que estas especies se desarrollaron en un momento de climas que favorecían una distribución continua entre ambas regiones. De “este lado” se desarrollaron pocas especies. La única especie que llega a Buenos Aires, via el corredor Paraná-del Plata es la Escallonia megapotamica. Este arbusto comparte muchas caracterìsticas con Escallonia virgata, flores blancas abundantes, hojas de color verde intenso y un porte mediano. Es difícil de conseguir ya que es una especie rara y los viveristas no suelen tenerla sin embargo, es una especie que debería cultivarse debido a su alto valor ornamental además de que atrae insectos polinizadores.
MYRCEUGENIAS
Pitra / fuente: elaboración propia
Fruto de Myrceugenia chrysocarpa / fuente: Photo 337945025, (c) Ariadna Tripaldi, 2023, Inaturalist (https://www.argentinat.org/photos/337945025) some rights reserved (CC BY)
Myrceugenia glaucescens en el delta del Paraná / fuente: elaboración propia
Las myceugenias son arboles o arbolitos neotropicales. Las especies se distribuyen en toda Sudamérica existiendo muchas especies en el sur de Brasil, Paraguay y noreste de la Argentina. En la Patagonia existen dos especies la luma blanca y la pitra (aunque el famoso arrayán, Luma apiculata, también fue clasificado en algún momento dentro de este género). En Buenos Aires solo encontramos una especie de Myrceugenia, la Myrceugenia glaucescens llamada comúnmente “murta”. Este nombre común es muy usual entre algunas especies de mirtáceas ya que provienen del mirto europeo, planta que le da el nombre a esta familia. La murta que encontramos en Buenos Aires es un arbolito típico de las zonas costeras del Delta y del Rìo de la Plata. Si bien, como muestra una de las fotos, prefiere estar en zonas inundables, viene bien en tierra firme. Su floración y fructificación son parte de su valor ornamental, si bien otros frutos del género Myrceugenia son comestibles no existen muchas referencias rigurosas con respecto a la murta. Los que si son comestibles son los de la pitra (Myrceugenia exsucca). La pitra es un árbol muy carismático típico de zonas inundables también pero de la región patagónica. Debido a pérdida de hábitat esta especie se encuentra en peligro de extinción, sin embargo es parte de una de las atracciones principales del Parque Nacional Lago Puelo, el pitranto, bosque ubicado naturalmente en una zona inundable y que parece sacado de un cuento, en donde las pitras abundan. Como suele ocurrir con muchas mirtáceas uno de los principales atractivos de esta especie es su particular tronco ondulado, que a veces recuerda al del alecrín misionero. La murta no comparte esta cualidad aunque su tronco es muy bello también al igual que el de muchas mirtáceas. La murta no puede faltar en el jardín patagónico subtropical ya que su género forma parte del elenco de especies patagónicas. Es ideal para colocar a pleno sol, sola para apreciar su follaje que en invierno torna al verde violáceo y su particular fructificación.
ORQUÍDEAS TERRESTRES DEL GÉNERO CHLORAEA
Noviembre es un mes en donde casi todo florece y en el que sobre todo podemos encontrar las flores de algunas especies muy efímeras. Las orquídeas terrestres del género Chloraea son unas de estas. Abundantes tanto en la Patagonia como en la región pampeana estas orquídeas se pueden ver en su esplendor en la primavera. En el bosque de arrayanes he visto por primera vez una orquídea terrestre que era de este género, erguida y solitaria bajo la sombra de los árboles. En la Patagonia existen varias especies, tal vez la más reconocida sea la Chloraea magellanica típica orquídea terrestre que probablemente sea la que yo vi. En Buenos Aires existe la Chloraea membranacea. Una especie más común de lo que se cree y que es probable que muchos la tengan en sus jardines o canteros callejeros sin siquiera enterarse. Esta bellísima flor fue declarada flor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, debido a su abundancia en la reserva del Lago Lugano. En el Gran Buenos Aires es común aunque cada vez menos debido al constante corte de pasto que se realiza en los jardines. Para tener una idea de lo común que puede ser esta orquídea terrestre, he documentado una en un cantero callejero a la vuelta de una casa en la que viví en el barrio de Florida (Vicente López). La Chloraea es una especie que no debería faltar en cualquier jardín y menos en uno patagónico subtropical. El único inconveniente es que yo personalmente no recomendaría en este momento adquirir una ya que es probable que, debido a la dificultad de reproducir estas orquídeas, muchas sean extraidas de su hábitat. Lo que recomendaría es siempre dejar una gran parte del pasto sin cortar, sobre todo en zonas de semisombra ya que es más probable que estas orquídeas se desarrollen en esos ambientes, doy fe de que, incluso en zonas muy urbanizadas, las chloraeas pueden aparecer.
MOLLE / LAURA
El género Schinus está representado ampliamente en la Argentina y en el cono sur. En las zonas de transición entre el bosque patagónico y la estepa existe un ambiente extremadamente bello de pastizales, matorrales y bosquecitos en donde predominan el maitén, el radal y la laura. Ésta última es del género Schinus. En Buenos Aires tenemos una especie que comparte una característica con la laura, el color de sus frutos, esta es el Schinus longifolius, llamado molle. El molle o molle incienso es uno de los árboles dominantes en los talares de la provincia de Buenos Aires. Es un arbol de porte grande y de crecimiento intermedio. Sus frutos violetas, al igual que los de la laura, atraen a los zorzales y otras aves frugívoras. Es importante tener en cuenta que el molle es una planta polígamo-dioica, esto quiere decir que hay ejemplares macho y hembra y ejemplares con ambos sexos en las flores por lo tanto, puede pasar que al plantar un molle, con los años uno crea que no da frutos por algún problema pero ese “problema” es probable que sea porque es un árbol “macho”. Este árbol es ideal para jardines amplios y para dar sombra en zonas de mucho sol. Se lleva muy bien con la mutisias y con otras enredaderas de poco porte.
GRINDELIA
Las asteráceas son unas de las familias de plantas más abundantes. Probablemente su estrecho vínculo con los insectos y su sofisticada floración y fructificación hayan sido parte del éxito evolutivo de las mismas. Están presentes en casi todo el mundo y no pueden faltar en un jardín patagónico subtropical. Con la región patagónica compartimos una especie, Grindelia pulchella, planta muy común en el monte de las mesetas así como también en el pastizal pampeano. La grindelia es una planta muy rústica que atrae múltiples polinizadores y que, además, se reproduce fácilmente por semillas y por esquejes. Su bella floración amarilla estereotípica de lo que solemos llamar “margarita” la hacen una planta ornamental por excelencia. En la estepa patagónica, sobre todo en zonas de transición con el bosque patagónico encontramos la Grindelia chiloensis, especie muy similar a la pulchella, la cual en primavera compite con las retamas, exóticas invasoras, con el color amarillo de su floración.
RUMOHRA ADIANTIFORMIS, UNA
ESPECIE COMPARTIDA
Rumohra adiantiformis en las cercanías del lago Epuyén (Chubut) / fuente: elaboración propia
Finalmente, podemos decir que esto es solamente una muestra de lo que se puede hacer a la hora de aplicar la creatividad de la mano de la recreación ambiental. Existen especies que pueden agregarse a este breve inventario, no solamente de géneros iguales a los patagónicos, como yo he privilegiado, si no de familias afines. Por ejemplo, podríamos incorporar caña tacuara para emular el sotobosque de caña colihue, también podemos incorporar Podocarpus nativos de los bosques misioneros o de las yungas para hacer referencia a los mañíos, coníferas muy raras en el lado argentino, las posibilidades son muchas y la creatividad y la curiosidad, ilimitadas.
OTROS GÉNEROS QUE COMPARTIMOS ENTRE PATAGONIA Y LA REGIÓN PAMPEANA
BUDDLEJA: Buddleja globosa (pañil - matico) - Buddleja stachyoides (cambará)
BLEPHAROCALYX: Blepharocalyx cruckshanksii (temu) - Blepharocalyx salicifolius (anacahuita)
DISCARIA: Discaria chacaye (chacay) - Discaria americana (brusquilla)
Más allá de la región pampeana...
ARAUCARIA
DRYMIS
AZARA
GUNNERA
PODOCARPUS
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